sábado, 5 de julio de 2008
Uno de los primeros recuerdos que tengo de la infancia, son los mapas antiguos del mundo impresos en alguna enciclopedia en casa. Lo interesante de esos mapas, además de su imprecisión, es la imaginación. En el pasado a pesar de que los cartógrafos se afanaban para detallar sus mapas, la falta de conocimientos geográficos e instrumentos precisos hacía que confiasen -irremediablemente- en su imaginación y en la de los marineros que habían recorrido las tierras ignotas.
Semejante falta a la razón y a la ciencia, nos ha regalado imágenes maravillosas que poblan ya el subconsciente colectivo. Estas imágenes de sirenas tentando a Ulises o de dragones maravillosos que viven al oriente, han acompañado al hombre a lo largo de su historia y como todo mito, subyace en las profundidades de nuestros grandes miedos ancestrales.
Por eso no es de extrañar, por ejemplo, que Disney haya sabido explotar muy bien estas imágenes en su serie de películas Piratas del Caribe. Estar tres horas sentado en el cine viendo una trama sin mucha sustancia y repetitiva, bien vale la pena por ver la imágen del anciano Kraken, la pesadilla de cualquier marino de la antigüedad.
En la literatura, podemos recordar al capitán Nemo de Verne que a bordo del Nautilus se enfrentaba a estas criaturas o a Ishmael, el marinero de Melville que dedicó su vida a capturar a Moby Dick, el gran monstruo blanco. Pero sobre todo, hay que recordar a Lovecraft que cogió a estas critaturas y las volvió aliens/demonios/antiguos dioses que despertaban para reclamar la Tierra. A partir de ahí, las criaturas marinas -sobre todo las que tenían tentáculos- se volvieron personajes habituales en la ciencia ficción y el horror.
Pero la realidad se nos aparece en cada esquina. Esas criaturas maravillosas de los mapas antiguos están hoy catalogadas y clasificadas con sesudos nombres en latín, de acuerdo a las enseñanzas de la taxonomía de Linneo. Y como cualquier otro ser terrenal, están sujetas a la supervivencia de su ecosistema. Sin ánimo de entrar a vanos debates ecologistas, el ser humano para bien o para mal está cambiando su entorno (y de hecho es lo único que nos garantiza la supervivencia al no tener más talento que nuestro ingenio). De paso, nos estamos cargando el ecosistema de los otros. Incluídas estas criaturas.
Esta semana se ha reportado que en las playas de la Isla Coronado, Baja California Sur, México; miles de calamares gigantes han cometido suicidio en masa. Al contrario de lo que sucede con las ballenas o los elefantes, no se trataba de ejemplares viejos, sino de ejemplares en plena madurez sexual que hubieran podido reproducirse y preservar su especie. Este ritual lo han venido haciendo desde hace años sin que se encuentre una explicación al respecto. Los lugareños aprovechan para llevarse unos a casa y comérselos.
Por otro lado, en Yucatán se ha visto a miles de mantarrayas doradas durante una migración a aguas más cálidas. Estas rayas miden hasta 2 metros de ancho y son sumamente venenosas, aunque pocas veces atacan a otras criaturas.
Por último, en Catalunya, España, se están preparando para recibir a las miles de medusas que durante el verano se acercan a las playas y ponen en peligro a los turistas que se bañan en ellas. Estas medusas no se acercaban tanto a la playa antes, pero recientemente debido al incremento de la temperatura del mar pueden hacerlo.
Los tiempos han cambiado y los monstruos se están yendo. Las criaturas del mar, los dioses del espacio exterior como quería Lovecraft, se han visto diezmados por la acción del hombre y disminuidos a entretenimientos de turistas.
A veces sueño que los monstruos marinos siguen existiendo en los abismos del inconsciente y como profetizó Lovecradt, se despertarán un día para reclamar lo que es suyo. El planeta.